La tradición más conmovedora y multitudinaria de la Semana Santa en México volvió a tomar las calles de Iztapalapa, donde miles de fieles y espectadores se congregaron para presenciar la 182 edición de la Representación de la Pasión de Cristo. Bajo un sol inclemente que no logró opacar el fervor religioso, los nazarenos —vestidos con túnicas moradas y portando cruces de madera— avanzaron por las empinadas calles de este emblemático barrio de la Ciudad de México, reviviendo con dramatismo los últimos momentos de Jesús de Nazaret.

El recorrido, que comenzó al mediodía, se extendió por más de cuatro horas, durante las cuales los actores principales —elegidos con meses de anticipación por su devoción y entrega— encarnaron cada escena con una intensidad que estremeció a los asistentes. El papel de Jesús, interpretado este año por el joven artesano Daniel Mendoza, fue especialmente aclamado por su entrega física y emocional. Mendoza, quien cargó una cruz de más de 80 kilos durante casi dos kilómetros, no solo soportó el peso del madero, sino también el de la tradición que lo precede: en Iztapalapa, ser el Cristo es un honor que se gana con sacrificio y fe.

Las calles, engalanadas con altares improvisados y flores de cempasúchil, se convirtieron en un escenario vivo donde la historia bíblica cobró nueva dimensión. Familias enteras, desde abuelos hasta niños, se apostaron en las aceras, algunos con veladoras encendidas, otros con cámaras en mano, todos unidos por el mismo sentimiento de recogimiento. No faltaron quienes, conmovidos por la representación, se arrodillaban al paso de la procesión o se persignaban al escuchar los diálogos que recreaban el juicio de Pilatos y la crucifixión.

La seguridad fue un aspecto clave en esta edición, con cientos de elementos de la policía capitalina y voluntarios de Protección Civil desplegados para garantizar el orden. A pesar del calor asfixiante —que superó los 30 grados— y la densidad de la multitud, no se reportaron incidentes mayores. Los servicios médicos atendieron, eso sí, a decenas de personas afectadas por deshidratación o mareos, un recordatorio de que la devoción, en ocasiones, exige un precio físico.

Lo que comenzó como una pequeña representación en 1843, impulsada por los vecinos de Iztapalapa para pedir el fin de una epidemia de cólera, se ha convertido en un fenómeno cultural y religioso sin parangón en el país. Hoy, la Pasión de Iztapalapa no solo atrae a creyentes, sino también a turistas nacionales e internacionales, que quedan fascinados por la mezcla de solemnidad y teatralidad que caracteriza al evento. Este año, se estima que más de un millón de personas se dieron cita en las calles, convirtiendo al barrio en un epicentro de fe que trasciende fronteras.

Al caer la tarde, cuando el actor que interpretó a Jesús fue desclavado simbólicamente de la cruz en el Cerro de la Estrella, los aplausos y vítores resonaron en todo el valle. Para muchos, el acto no fue solo una representación, sino una experiencia espiritual que refuerza su identidad y su conexión con lo divino. Mientras el sol se ocultaba tras los cerros, Iztapalapa cerraba otro capítulo de una tradición que, lejos de debilitarse, se renueva con cada generación, demostrando que la fe, como la cruz, es algo que se lleva con orgullo y convicción.