La reciente decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos ha encendido un nuevo capítulo en la tensa relación comercial entre Canadá y su vecino del sur. El ministro de Comercio canadiense, Dominic LeBlanc, no tardó en reaccionar: a través de sus redes sociales, celebró el fallo judicial como un respaldo a la postura de Ottawa, que desde hace años insiste en que los aranceles impuestos por Washington bajo la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA, por sus siglas en inglés) carecen de fundamento. «Esta resolución refuerza nuestra convicción de que las medidas proteccionistas de Estados Unidos son injustificadas y perjudican no solo a Canadá, sino al comercio global», afirmó LeBlanc, dejando claro que el gobierno de Justin Trudeau no piensa ceder ante lo que considera una política comercial agresiva.
El giro radical en la estrategia económica de Estados Unidos, impulsado durante la administración de Donald Trump y mantenido con matices por sus sucesores, ha obligado a Canadá a replantear su dependencia del mercado estadounidense. Durante décadas, el país norteño basó gran parte de su prosperidad en el intercambio con su vecino, pero las tensiones arancelarias, las renegociaciones del T-MEC y las constantes amenazas de imposición de barreras comerciales han acelerado un cambio de rumbo. Según datos de *La Crónica de Hoy*, el superávit comercial de Canadá con Estados Unidos se redujo en 2026 a 81,600 millones de dólares, una caída significativa frente a los 101,300 millones registrados apenas dos años antes. Este descenso no solo refleja una disminución en las exportaciones canadienses, sino también un esfuerzo deliberado por diversificar sus socios comerciales.
En este contexto, Ottawa ha intensificado sus acercamientos con la Unión Europea, América Latina y Asia, buscando alternativas que mitiguen los riesgos de depender en exceso de un solo mercado. Acuerdos como el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP) y la modernización del tratado comercial con la UE han cobrado mayor relevancia, mientras que empresas canadienses exploran oportunidades en sectores clave como la energía limpia, la tecnología y los minerales críticos. Sin embargo, el camino no está exento de desafíos: la competencia con otros países, las barreras no arancelarias y la volatilidad geopolítica complican la tarea de reducir la dependencia de Estados Unidos, que sigue siendo, por mucho, el principal destino de las exportaciones canadienses.
Más allá de los números, el conflicto subraya una realidad incómoda: la era de la integración comercial sin fricciones entre ambos países parece haber quedado atrás. Mientras Canadá apuesta por una estrategia de diversificación, Washington mantiene una postura proteccionista que, según analistas, podría prolongarse independientemente de quién ocupe la Casa Blanca. Para Ottawa, el mensaje es claro: en un mundo donde las reglas del comercio global se reescriben constantemente, la resiliencia económica dependerá de su capacidad para adaptarse —y, sobre todo, para no poner todos los huevos en la misma canasta—.






