La madrugada del jueves 11 de marzo de 2004 cruzaba en coche las calles desiertas de Madrid procedente de Lisboa, donde vivía entonces, para votar el domingo en las elecciones de mi país, España, cuya campaña cubrí como corresponsal en Europa del diario mexicano El Independiente.
A tres días de las elecciones, el ambiente estaba muy polarizado por la insólita e impopular participación de España en la guerra de George W. Bush contra Irak, que comenzó justo un año antes. Con los pies sobre la mesa del rancho en Texas del presidente republicano, el presidente del Gobierno español, José María Aznar, y el presidente de EU sellaron una alianza bélica (a la que se unión el premier británico Tony Blair), con la acusación no probada de que Sadam Husein escondía armas de destrucción masiva, bulo que fue repudiado por la mayoría de líderes del mundo, incluido el presidente de México Vicente Fox.

Muertos de 16 nacionalidades
Al igual que el fiasco de la inteligencia estadounidense, que no vio venir el 11-S, tampoco nadie vio venir el 11-M, que dejó 193 muertos (la última, una joven de 35 años que pasó una década en estado vegetativo) y causó más de dos mil heridos. Los fallecidos eran estudiantes y trabajadores que acudían al centro de Madrid de la periferia, casi todos españoles, pero también inmigrantes de 16 nacionalidades diferentes.
Distraídos con la campaña electoral y centrados en la lucha contra el terrorismo de la banda separatista vasca ETA, el gobierno del derechista Aznar no vio venir que un comando de yihadistas preparaba un ataque sanguinario e indiscriminado, impulsado por el mismo deseo de venganza que llevó al comando enviado por Osama bin Laden a cometer el atentado del 11-S, como cruel venganza por la humillación de los musulmanes ante la ocupación israelí de Palestina y de Jerusalén Este (con el apoyo cómplice de Washington y sus aliados).
Celulares que no responden
Lo siguiente que recuerdo de ese amanecer del 11-M de hace 20 años fue un celular que sonaba obsesivamente, hasta que finalmente comprendí que no era parte de un sueño. Era una de mis hermanas que me gritaba dónde estaba y por qué era la única persona que se encontraba en Madrid que no se había comunicado para decir que no iba en uno de los cuatro trenes que explotaron entre las 7:36 y las 7:40 de la mañana. No era del todo cierto lo que me decía. Los celulares de las 192 personas que fallecieron esa terrible mañana sonaban y sonaban en los vagones reventados, sin que nadie respondiera.
Las siguientes horas fueron una especie de película de terror surrealista en cámara lenta.
Sin tiempo de asimilar la terrible noticia, la siguiente llamada de celular fue desde México para anunciarme (precisamente ese día) que ya no trabajaba más como corresponsal de El Independiente, dado que el periódico se encontraba “en problemas” (más tarde supe que quien estaba realmente en un serio apuro era el director, Carlos Ahumada). No habían pasado cinco minutos cuando volvió a sonar el celular. Era otra llamada desde México para ver si estaba interesado en volver al periódico Crónica, donde había trabajado desde su fundación en 1996 hasta el año 2000, cuando la vida me llevó a Brasil como corresponsal de Notimex y luego a España. En el día más negro de mi carrera de periodista estuve desempleado y vuelto a emplear en cuestión de minutos y en diferente medio.
El silencio de los inocentes
La siguiente escena de ese 11-M fue lo más parecido a un “dejá vu”. Como si estuviese viviendo en persona la escena mil veces repetidas de las caras de angustia de las personas que estaban en el bajo Manhattan durante el 11-S, salí como pude del centro de Madrid, cortado al tráfico y tomado por ambulancias y coches de policías. Pero no es el ruido de las sirenas y los helicópteros lo que recuerdo, sino lo contrario, el silencio aterrador de la gente en estado de shock; un silencio roto por la voz de los locutores de radio y televisión, que empezaban ya a repetir una palabra que a partir de entonces se convertiría en la obsesión de los defensores de la teoría de la conspiración: ETA…“Ha sido ETA”.
El siguiente episodio surrealista fue un golpe del destino. Mi pareja portuguesa tenía otro motivo para viajar ese fin de semana a la capital de España: un congreso internacional de dentistas en la Feria de Madrid, que se inauguró ese 11 de marzo y que, por increíble que parezca, no se clausuró, ni siquiera cuando se supo que el pabellón de al lado se habilitó como una gigantesca e improvisada morgue donde fueron trasladados los muertos por las explosiones ocurridas dos horas antes.
Allí me encontraba hace justo 20 años, sin dar crédito a la naturalidad con la que los congresistas discutían y admiraban las últimas novedades en odontología, mientras a menos de 10 metros, en el pabellón siguiente se apilaban bolsas negras con restos humanos y bolsas y mochilas rescatadas de los trenes. Así fue como, sin saberlo, me encontré en el epicentro de la tragedia y me colé en el pabellón 6, mostrando el carnet de prensa de El Independiente (de donde me habían despedido hacía un par de horas).

Allí mismo pude haber muerto, al igual que los que ponían en fila las bolsas negras con restos humanosa escala humana, los forenses y los primeros familiares, rotos de dolor y tratando de identificar a cadáveres desfigurados, si hubiese explotado la bomba que no lo hizo en uno de los trenes, y que en el caos inicial fue llevada al pabellón, oculta bajó una mochila que se pensó que era de una de las víctimas.
El País mordió el anzuelo
Para el mediodía, el líder separatista vasco Arnaldo Otegui ya había asegurado en televisión que ese atentado no lo había cometido ETA y apuntó a la “resistencia árabe”. Pero a las 13:15, Ángel Acebes, ministro del Interior (equivalente a secretario de Gobernación en México), declaró que “no hay duda de que ha sido ETA”. Casi simultáneamente me llegó un mensaje al celular del gobierno de España que culpaba a ETA; luego supe que ese mismo mensaje le llegó a todos los corresponsales y medios de comunicación, nacionales o extranjeros, acreditados en España.
La estrategia del gobierno del PP de difundir a toda costa su versión de que el atentado fue obra de ETA tuvo un inesperado aliado: El País.
La gravedad del atentado hizo que sacara una edición extraordinaria, pasado el mediodía con el siguiente titular a cinco columnas: “Matanza terrorista en Madrid”. Pero a la 13:53 sacó otra versión que cambiaba todo el sentido de la tragedia: “Matanza de ETA en Madrid”.

¿Qué pasó para que el diario de ideología socialdemócrata de mayor venta e influencia de España cayera en semejante trampa? Pasó que el presidente Aznar telefoneó en persona al director de El País, Jesús Ceberio, para asegurarle que fue ETA, y el resposable del medio más prestigioso de España le dio crédito, sin contrastar la información.
Veinte años después, Ceberio ha escrito con pesar sobre aquella portada que le perseguirá siempre: “Creerme la mentira de Aznar ha sido el mayor error de mi vida profesional”, admitió. Por el contrario, el otro gran periódico nacional, La Vanguardia, de Barcelona, no mordió el anzuelo por una lógica elemental periodística: si tan seguro está de que fue ETA, y así quiere que el presidente del Gobierno diga en portada, sospechosamente a dos días de las elecciones, que presente la evidencia.
Un cassette con versos del corán y un celular sospechoso
A las 15:30 del mismo día de los bombazos, la policía descubre una furgoneta abandonada con detonadores y un cartucho de dinamita; y también encuentra una cinta de cassette con versículos del Corán. Medios internacionales como la BBC empiezan dudar de la pista etarra y revelan, por primera vez, que lo ocurrido en Madrid podría tratarse de otro atentado yihadista, como el del 11-S.
Mientras, en la comisaría de policía donde se llevaron artículos sospechosos, empezó a sonar un celular de una mochila del que nadie se había percatado con el caos. Cuando un policía lo saca de la mochila descubrió que sale de su interior unos cables y lo manda a analizar.
Pero la novedad de la noche de ese traumático 11-M fue el cable urgente de la agencia Reuters, que informó que el diario en árabe con sede en Londres Al Quds al Arabi, recibió un mensaje de Al Qaeda reivindicando el atentado de Madrid. El gobierno español se apresura a desmentir esa autoría, pero sembró la primera duda entre medios y una parte minoritaria de la opinión pública española.
Lo primero que hizo el gobierno el día después, el viernes 12 de marzo fue salir a desmentir la autoría adjudicada por Al Qaeda, en el imaginario de Occidente, el símbolo de la maldad absoluta.
Sin aportar pruebas, el gobierno español negó tanto la reivindicación del atentado por parte de Al Qaeda, como el comunicado de ETA que ese viernes afirmó que no tuvo nada que ver. De paso, animó a los ciudadanos a que se manifestaran esa tarde contra el terrorismo.
El 12 de marzo de 2004 salieron 11.7 millones de personas a las calles de todas las ciudades de España, en la mayor movilización humana de su historia. Sólo en Madrid salieron dos millones. En medio de esa riada de personas, mexicanos bandera en mano gritando contra el terrorismo. La emoción contenida se desbordó bajo una repentina lluvia.